Junto al banquito un soldado hacía guardia.
Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito.
Se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches y todos los días.
Nadie nunca dudo.
Nadie nunca preguntó.
Si así se hacía y siempre se había hecho, por algo sería.
Y así siguió siendo hasta que un coronel quiso conocer la orden original.
Hubo que revolver a fondo los archivos. Y tras mucho hurgar, se supo.
Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriese sentarse sobre la pintura fresca.